domingo, 15 de abril de 2018

LEONOR CAPÍTULO V


CAPÍTULO V


La Casa de Salud Valdecilla fue inaugurada en el año 1929 por D. Ramón Pelayo de la Torriente, Marqués de Valdecilla, que asumió la idea y el completo patronazgo de un proyecto que, partiendo de una iniciativa popular, venía a sustituir al antiguo Hospital de San Rafael.


Desde el punto de vista físico se diseñó y construyó un Hospital de estructura horizontal con pabellones unidos entre sí mediante una galería y un túnel subterráneo, según las más avanzadas ideas de arquitectura hospitalaria de aquel momento. Su modelo organizativo y diseño funcional fueron extraordinariamente novedosos para su tiempo, ya que, por un lado, se trataba de un hospital regido por un patronato (circunstancia totalmente inusual) y asumía la total responsabilidad asistencial para una zona geográfica delimitada; y, por otro, se diseñó para cumplir una cuádruple función: asistencial, docente, investigadora y preventiva en la comunidad a la que sirve. De todo aquel espíritu innovador y adelantado a su tiempo, deben reseñarse especialmente: la creación del Instituto Médico de Posgraduados (primer germen de la figura del médico especialista), la Escuela de Enfermeras de la CSV (desde donde se introdujo en nuestro país el modelo contemporáneo de enfermería), la Biblioteca "Marquesa de Pelayo" y los laboratorios de investigación experimental. Durante los treinta primeros años de su existencia (de 1929 a 1959), sin duda los más complicados de nuestra historia reciente, la Casa de Salud Valdecilla (CSV) supo mantener una parte esencial de su espíritu fundacional, conformándose una imagen institucional que, más allá de los cambios organizativos, físicos y funcionales acontecidos, todavía subsiste.


En la Casa Salud Valdecilla trabajaron y se formaron grandes especialistas, reconocidos en todo el mundo, que dieron durante muchos años un gran prestigio al hospital. Además del doctor Díez-Caneja, oftalmólogo que operó a Manina, también me gustaría nombrar al Doctor Guillermo Arce, pediatra de gran prestigio, creador del año 1929 del Servicio de Puericultura de la Casa Salud Valdecilla. Es considerado como el creador de la Escuela de Pediatría Española. La ciudad de Santander por suscripción popular le ha dedicado un monumento que actualmente se encuentra en la zona de Puertochico y al lado del que seguro que en algún momento habéis pasado. Está enterrado en el Panteón de hijos ilustres del cementerio de Ciriego.


Bueno, mi bisabuela se había quedado viuda y yo creo que, al fin y al cabo, estaba aliviada, porque Emilio la maltrataba y con su pérdida estaba mental y físicamente mejor que con él en vida.


En junio de ese mismo año tuvieron que operar a Manina de cataratas. La operó el doctor Díez-Caneja, director de la sección de Oftalmología de la Casa Salud Valdecilla y oftalmólogo de gran prestigio en la época.


Hoy en día te operan de cataratas y te mandan a tu casa a dormir sin necesidad de estar ingresado ningún día en el hospital (como le ha pasado a mi abuelo). Pero en 1942 el tema era un poco diferente, pues era necesario estar ingresado varios días; además tenían que estar tumbados boca arriba y no se podían mover, les daban de comer con una pajita para que no movieran nada la cabeza. A Manina la operaron en la Casa Salud Valdecilla, hoy conocido por todos como el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla (HUMV), cuya historia me parece interesante y os quiero resumir en estas líneas.


Volvamos a mi bisabuela, que estaba acompañando a Manina en el Hospital cuando conoció a mi bisabuelo.  Él se llamaba Esteban y había venido a Santander desde Liébana (desde un pueblo que se llama Lomeña) para acompañar a su tía María, a la que también habían operado de cataratas.


Esteban tenía 42 años y era el pequeño de seis hermanos; era alto, muy guapo y estaba soltero. De hecho, era el soltero más perseguido de toda Liébana. Se dedicaba a la venta de partidas de madera a los aserraderos y todo el que le conoció dijo siempre de él que tenía un gran encanto; era educado, simpático, amable y un gran conversador.


Leonor en ese momento tenía 35 años y, a pesar de todas las desgracias que había vivido, era una mujer muy guapa, alegre y también una gran conversadora.


En fin, que se enamoraron y por eso entre otras cosas estoy yo contando esta historia. Pero como en la vida de mi bisabuela nada fue fácil, esto tampoco lo fue.

No sé si podéis imaginar lo difícil que fue este romance, teniendo en cuenta como era la sociedad en 1942, en plena postguerra. Era una mujer que se acabada de quedar viuda, de una forma dramática. Era obligatorio vestir de luto, con las faldas por debajo de la rodilla, medias negras y zapatos cerrados. Por supuesto, nada de escotes y el pelo tenía que ir cubierto por un velo.  Además, había una ley que obligaba a que pasaran 13 meses desde el fallecimiento del anterior marido para poder volverse a casar.  Fijaos cómo tenían que mantener las apariencias, que la familia se dio cuenta de que Leonor se había enamorado porque comenzó a ponerse sandalias.


El noviazgo fue corto y cuando paseaban por Santander iban siempre acompañados de otra persona que se colocaba en medio de los dos.


Leonor fue a visitar a los padres de Esteban a Lomeña (Liébana) antes de casarse. Para poder llegar al pueblo había que hacerlo a lomos de un caballo, pues no llegaba la carretera hasta allí. Para ella era como ir al fin del mundo. Leonor estaba acostumbrada a la vida de la ciudad, que era muy distinta a la vida de un pueblo en medio de las montañas. Mi bisabuelo le enseñó cómo era su vida, todas las fincas de la familia. En una de las curvas de la carretera antes de llegar al pueblo, hay una finca que tiene un grupo de tres grandes nogales que plantó Esteban cuando era joven y que aún se conservan. Mi madre los ha visto hace unos pocos años. Esteban también le enseñó las montañas a las que tanto amó y añoró siempre.


A pesar de todas las dificultades y muchas habladurías, el 8 de mayo de 1943 Leonor y Esteban se casaban.

                                    

                                                                                 Foto de boda de Leonor y Esteban.  Mayo 1943


El 3 de febrero de 1944 nacía la primera hija del matrimonio, a la que pusieron de nombre María Manuela, en homenaje a las dos personas por las que se habían conocido en el hospital. María, por la tía de Esteban, y Manina (su nombre era Manuela), la prima de Leonor. Pero toda la vida la han llamado Marianela, que a mí me parece mucho más bonito y, además, es mi abuela.


Dieciséis meses más tarde Marianela tenía una hermana a la que llamaron Leonor, como su madre, y a la que toda la vida han llamado Norín.


domingo, 4 de marzo de 2018

LEONOR CAPÍTULO IV


CAPITULO IV



El 17 de julio de 1936 estalló en nuestro país una espantosa Guerra Civil. Causó miles de muertos, destruyó hogares, arruinó el país y llevó a mucha gente al exilio. Muchos civiles fueron al frente y así lo hizo el actual marido de mi bisabuela. Era un hombre de izquierdas y se marchó a luchar al frente de Asturias con el ejército republicano. Al principio mi bisabuela se quedó en casa con su hijo, pero con el tiempo y ante la insistencia de Emilio acabó acompañándolo al frente.


Esta decisión no fue fácil de tomar para ella y la retrasó todo lo que pudo. Se iba con su marido a la guerra, pero lo más importante para ella era su hijo. Manolo tenía 10 años y, aunque en la casa estaba bien cuidado, no tenía padre y, si ella moría en el frente, el niño se quedaría huérfano. Finalmente, tomó la decisión de hacer un documento notarial donde dejaba a Manolo bajo la tutela de Manina mientras ella estaba ausente. Aunque ahora nos parezca raro, pues nosotros estamos acostumbrados a conseguir la información y transmitirla a través de las nuevas tecnologías de manera fácil y rápida, sin ningún tipo de esfuerzo ni espera. Pero en el año 1936 podían pasar meses sin tener noticias de los familiares que estaban luchando en la guerra. Estas personas tenían difícil la manera de comunicarse, pues tenían que buscarse la vida para enviar una carta o bajar a alguna localidad para ver si con un poco de suerte conseguían encontrar algún teléfono para contactar con sus familias.  


Así es como mi bisabuela, muy a su pesar, se convirtió en miliciana. Con todo el dolor de su corazón, dejó a su hijo y siguió a su marido al frente de batalla.


Os preguntaréis quiénes eran las milicianas. Las milicianas eran mujeres pertenecientes al bando republicano que se alistaron en la milicia para luchar contra el fascismo durante la Guerra Civil y que rompieron con la idea de que la guerra era un espacio exclusivamente masculino. Tenemos que entender que las mujeres durante la Segunda República habían avanzado mucho camino en la lucha por la igualdad. Desde el 9 de diciembre de 1931, con la promulgación de la Constitución, se reconoce el derecho al sufragio femenino en España, podían votar a los 23 años; además, se aprobó la primera ley del divorcio. Pero, a pesar de todo este camino andado, durante la guerra, las que querían luchar en primera línea y empuñar un arma se encontraron con muchos obstáculos y la mayoría de las veces acababan haciendo labores en la retaguardia, como enfermeras o cocineras.


En el caso de mi bisabuela, ella nunca tuvo intención de empuñar un arma. Como he comentado anteriormente, ella siguió a su marido a la guerra por la insistencia de este y con el tremendo dolor de dejar a su hijo, y su labor durante el tiempo que estuvo en el frente de batalla siempre estuvo en la retaguardia, ayudando en lo que podía.


Ella estuvo casi un año en el frente de Asturias, pero enfermó y tuvo que regresar a casa. Estuvo muy enferma y tardó bastante tiempo en curarse; contrajo el tifus.  Tuvo que raparse el pelo porque el tifus lo contagian fundamentalmente los piojos y las pulgas. Como imaginareis, la vida en el frente no estaba llena de comodidades. Dormían en el suelo, en establos o donde podían. Lo mismo ocurría con la higiene. Se lavaban en ríos con agua fría y en invierno no era muy agradable, así que lo normal era pasar días, incluso semanas, sin lavarse. Y en estas circunstancias lo normal era tener piojos o que te picaran las pulgas.  


Leonor regresó casa con su hijo, pero la guerra no había terminado y en la casa se vivía otra cara de la guerra. En nuestra familia siempre se han contado historias ocurridas durante esos años.  La historia de armas escondidas en un aljibe es una de mis favoritas. ¿Sabéis lo que es un aljibe? Pues es un depósito grande, generalmente bajo tierra, para recoger y conservar el agua, especialmente de lluvia. En la casa había un aljibe enorme encima del cual había un estanque con carpas de colores a las que mi madre daba de comer cuando ella era pequeña. Bueno, había y hay, pues el estanque con los peces no existe ahora, pero el aljibe sigue estando en el mismo sitio y la verdad es que nunca se ha vaciado. En realidad, sí que se ha vaciado parcialmente, en una ocasión en que a mi padre se le cayó un mechero grabado que le había regalado mi madre y entre él y un amigo vaciaron parte del aljibe para recuperar el mechero. En aquella ocasión no encontraron armas, así que puede ser que aún estén escondidas. Cuenta la leyenda que cuando acabó la guerra y regresaron parte de los combatientes del ejército republicano, entre ellos Emilio, el marido de Leonor, y algunos de sus compañeros, tuvieron que esconder las armas en el aljibe para que no se las encontraran en casa.


También durante la guerra, la casa sirvió de refugio a una señora que se escapó de la cárcel de mujeres que estaba en la calle del Monte, el antiguo convento de Las Oblatas, que actualmente no existe, allí solo queda en pie una iglesia que no tiene culto. Esta señora era una presa política y huyó a Francia, donde vivió muchos años y no pudo regresar a España hasta que hubo democracia, que eso no fue hasta la muerte de Franco, en 1975. El delito de esta mujer no era otro que haber pertenecido a un sindicato.  


Desde la casa se escuchaban ruidos todas las noches de gente que atravesaba la huerta en su huida. Allí nunca se puso impedimento alguno y se ayudó siempre que se pudo. Milagrosamente, esto no las perjudicó, pues siempre habían estado muy bien relacionadas con la iglesia y con personas que tuvieron bastante poder.


Pero esto no impidió que, cuando Emilio regresó del frente, un vecino de Monte con el que tenía disputas por unos terrenos le denunciara y le detuvieran. Emilio estuvo tres años preso, desde 1939 hasta abril de 1942, en la cárcel de la Tabacalera, que hoy es la Biblioteca Central de Cantabria. Como tantos otros por ser de izquierdas y pertenecer al bando perdedor.  Mi bisabuela le visitaba y le llevaba comida y ropa limpia.


La vida durante los años que siguieron al fin de la guerra no fue fácil para nadie. Había mucha escasez. No había alimentos básicos suficientes y toda la comida estaba racionada. Tenían las llamadas Cartillas de Racionamiento, donde se limitaba la adquisición de alimentos básicos. Estos alimentos eran de mala calidad y se puso de manifiesto a corrupción generalizada y la aparición del mercado negro. Dadas estas carencias nutritivas, aparecieron una serie de enfermedades relacionadas, como fueron las hepáticas, la tuberculosis, gripe, las fiebres tifoideas, el paludismo y la disentería, por falta de higiene. Los ancianos y los niños tuvieron un alarmante índice de defunciones. El racionamiento duró en España hasta mayo de 1952.


Ella seguía con la vida en la casa. Trabajó muy duro, pues fueron unos años muy difíciles. En la casa disponían de productos básicos, tenían animales, los frutales y las verduras que se plantaban.  Allí no se pasó mucha hambre y se ayudaba a mucha gente que lo estaba pasando muy mal. Nunca se negó un plato de comida a nadie.


Así pasaron los tres años que Emilio estuvo en la cárcel. Salió en abril de 1942. A los pocos días decidieron irse de excursión al Bocal para que Emilio pudiera pescar en la costa donde lo había hecho desde niño. Después de tanto tiempo en la cárcel necesitaba ver el mar. Llevaron la comida y fueron toda la familia: Leonor, Las Tías, Manolo (tenía 16 años) y un amigo y varias amistades. Era un grupo muy numeroso el que fue testigo de la nueva fatalidad en la vida de Leonor.


Una ola se llevo a Emilio mientras pescaba en unas rocas, ante la mirada de todos, desapareció en el mar. Estuvo nueve días desaparecido y ya habían perdido toda esperanza de encontrar el cuerpo cuando un pescador que había leído un edicto en la Iglesia de Monte, donde se ofrecía una recompensa si alguien daba alguna información, se acercó a la casa y dijo que estaba el cuerpo metido entre unas rocas, pero que no se podía ver nada más que desde el mar.


Leonor se había quedado viuda de una forma dramática que todavía no asimilaba.

  

miércoles, 17 de enero de 2018

LEONOR CAPÍTULO III

CAPÍTULO III

El 21 de febrero de 1926 nació el primer hijo de Leonor. Le bautizaron como Manuel, aunque unos años más tarde, cuando tuvo que realizar el servicio militar se enteró de que en el registro civil le habían inscrito como Francisco, que era el nombre de su padre. Esto era frecuente en la época, porque en la iglesia te bautizaban con un nombre, pero al registro civil iba a inscribirte otro pariente y si la cosa no estaba muy clara algunas veces te acababan poniendo nombres distintos, como en este caso. Aquí lo que pasó es que al registro civil le fue a inscribir un amigo íntimo de la familia, del cual hablaremos más adelante, y este señor pensó que el niño debía llamarse igual que su padre, pero luego no se atrevió a decírselo a mi bisabuela y por eso el niño creció llamándose Manuel.

El nacimiento de Manolo, como se le conoció toda la vida, revolucionó la vida en la casa. Una casa en la que en esos momentos vivía mi bisabuela con sus tres primas, pues la tía Ángela y el tío Enrique habían fallecido unos años antes (recordad que comentamos en el capítulo anterior que, aunque eran sus primas, siempre se las conoció como “las tías” dada su diferencia de edad). Enriqueta, a la que todo el mundo llamaba Quetina, Manuela, a la que se conocía como Manina e Ignacia.  Ninguna de las tres se casó y se mantuvieron juntas al frente del negocio que habían heredado de sus padres. Entre ellas tres tenían distribuido el trabajo y a Manina su padre la había dejado encargada de la organización de la casa.

En aquella casa se trabajaba mucho, pero se vivía muy bien. Por ese motivo mi bisabuela no quiso irse nunca a América con el padre de Manolo. Prefirió tener a su hijo soltera que aventurarse con un niño pequeño a un futuro incierto en América. Ella sabía que quedándose con las Tías nunca le faltaría de nada y el hecho de estar soltera con un hijo no era ningún problema, pues en la casa se vivía en un ambiente muy liberal.

La finca tenía cuatro mil metros cuadrados y todo el mundo la conocía como “La huerta”. Allí había todo tipo de árboles frutales: naranjos, limoneros, manzanos y perales. Con estas frutas se hacían mermeladas y compotas. Eran famosas por su mermelada de naranjas amargas, que les enseñó a hacer una señora inglesa que frecuentaba la casa.  Cultivaban   flores; dalias, camelias, hortensias, margaritas, orquídeas que utilizaban en sus arreglos florales. También se criaban todo tipo de animales; canarios y palomas que utilizaban para ir a concursos y exposiciones. Tenían cerdos, gallinas, conejos y un burro. La huerta la cuidaban varios mastines españoles. En la casa trabajaban y vivían los hermanos Laureano y Saturnino, ellos se encargaban de los animales, de los cultivos y del reparto de encargos.

Aquella era una casa abierta a todo el mundo. Pasaba por allí toda la gente de Monte que venía a vender al mercado de la plaza de la Esperanza los huevos, las gallinas y las verduras que cultivaban en sus huertos. Entre otras cosas, pasaban por la huerta para comprar las “amarras” que utilizaban para atar las verduras. Las amarras eran cuerdas que se sacaban de las hojas de una palmera que había en la huerta.

La huerta estaba abierta a los vecinos, las mujeres iban las tardes de verano con sus hijos y, mientras estos jugaban con Manolo, ellas echaban la ropa al verde (extendían la ropa blanca sobre la hierba para que la diera el sol y así se blanqueaba), cosían, zurcían y repasaban la ropa mientras charlaban. Hasta se hacían sesiones de espiritismo. Pero eso a mi bisabuela nunca le gustó mucho. Mi familia mantiene hoy en día amistad con los descendientes de algunas de estas familias.

La gente rica de Santander subía a la huerta a comprar flores y frutas, llevaban a sus hijos y pasaban allí la tarde con los niños.

Otra tradición que se mantenía en la casa era la de las tertulias. Heredada de su padre, Las Tías mantuvieron esa costumbre y por la huerta pasaban personas muy distintas desde Doña Isabel, inglesa y casada con un ingeniero de las minas de Camargo la cual les enseñó a hacer la mermelada de naranjas amargas. Esta señora vivió toda su vida aquí y está enterrada en el cementerio de los ingleses que hay en Cazoña. Hasta Don Salvador y su mujer Doña Martina un peluquero andaluz muy, muy supersticioso. También era habitual en las tertulias Doña Angelita Mora una de las primeras mujeres ginecólogos que trabajaba en la casa Maternidad del Alta (hoy es el Conservatorio de Música Jesús de Monasterio).

Otra fuente de ingresos que tenía la casa era el hospedaje. En la casa se alojaba varias veces al año un señor de La Mancha llamado Nemesio que venía a Santander para vender productos de su tierra; traía aceite, queso, miel, embutidos y los perros de raza mastín español que cuidaban la finca. Este señor visitó la casa durante muchos años y tenía una gran amistad con la familia, hasta tal punto que fue el encargado de inscribir en el registro civil al hijo de Leonor y decidió ponerle de nombre Francisco.

Había familias, sobre todo de Madrid, que pasaban el verano en la huerta. Un largo verano, pues duraba desde junio hasta septiembre.  Como doña Elena, que era esposa de un empresario madrileño, y su hijo. Además, pasaron varios veranos los hermanos Blas y José Benlliure, hermanos a su vez del famoso escultor Mariano Benlliure. Blas Benlliure es conocido por sus cuadros de flores. Muchos de ellos los realizó durante sus estancias veraniegas, en las cuales también realizaron retratos de la familia.

Aunque en la huerta había mucho trabajo, también había muchos ingresos, lo cual les permitió asistir en el 1929 a la Exposición Universal de Barcelona, fueron invitadas a una exposición de plantas y flores en París y todos los años pasaban un mes en el Balneario de Sobrón (Álava), donde iban a tomar las aguas.

En este ambiente vivía mi bisabuela cuando conoció y se enamoró de Emilio García Lanza, transportista de pescado entre Santander y Madrid. Era de Monte y se casaron el día 3 de febrero de 1934. No fue un matrimonio muy afortunado; la engaño y la maltrato.


Bueno, pues así se vivía en la huerta durante esos años previos a la Guerra Civil. 

martes, 12 de diciembre de 2017

LEONOR CAPÍTULO II

CAPÍTULO II


Aunque se quedó huérfana a los once años, ella desde muy pequeña mantenía una estrecha relación con su tía y sus primas, que eran bastante mayores que ella. Por ese motivo, durante toda su vida, cuando se refería a sus primas las llamaba “las tías”.


Leonor, desde muy pequeña, se integró en el negocio familiar, el de las flores. De hecho, en 1914, durante la celebración del carnaval, ganó el segundo premio, metida en una canastilla adornada de abundantes tipos de flores. En aquellos años, el carnaval era una celebración importante. Se celebraba una gran fiesta en el Teatro Pereda, El patio de butacas del teatro quedaba vacío para poder celebrar el baile, que finalizaba con la entrega de premios y la rotura de una gran piñata.


El Teatro Pereda era un bello teatro, del mismo estilo que el Teatro del Liceo de Barcelona.  Estaba situado a la entrada del Río de la Pila y fue destruido en 1966. Tras el inexplicable derribo del teatro, vendido a una empresa constructora por sus propietarios (la empresa Marshall-Calzada), su solar está ocupado en la actualidad por un edificio de viviendas cuya contemplación multiplica la dimensión trágica de la pérdida para el patrimonio artístico de la ciudad de Santander.
En él se celebraban importantes temporadas de ópera, zarzuela y teatro. La familia de mi bisabuela era la proveedora de todas las flores que se necesitaban para las representaciones y para adornar las dependencias del teatro.



En el Santander de entonces eran un referente en el negocio de las flores y   la cría de pájaros. Durante la 1ª Exposición Feria de Flores, Frutas, Pájaros y Palomas, que se celebró en las caballerizas del Palacio de la Magdalena el 28 de julio de 1915, resultaron ganadoras del 2º premio en presentación de macizos florales y primer premio en crianza de canarios, como hace referencia el diario EL CANTÁBRICO en un artículo de la época.


También eran las encargadas de adornar el Palacio de la Magdalena durante las estancias de veraneo del rey Alfonso XIII y su familia.


Todos sabemos dónde está el Palacio de la Magdalena. Es el edificio más emblemático de la ciudad de Santander y, además, uno de los más destacados ejemplos de la arquitectura civil del norte de España. Preside un majestuoso paisaje, en lo más elevado de la península del mismo nombre. Se construyó entre 1908 y 1912, como consecuencia de la iniciativa municipal que pidió una suscripción popular que sustentara económicamente el proyecto para regalar a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia una residencia de verano que consolidara la tradición estival que ya estaba arraigando en la ciudad y su provincia. Los monarcas y sus hijos disfrutaron de los veranos santanderinos entre 1913 y 1930. Al parecer, fue la Reina, llamada Ena en la intimidad familiar, quien disfrutó especialmente de un paisaje y una arquitectura muy próximos a los ingleses en los que se había criado.


Así transcurrió la vida de mi bisabuela durante los primeros años de estancia en aquella casa de la calle del Monte. Rodeada de las personas más ilustres de Santander, que frecuentaban la casa para hacer tertulias con su tío, y ayudando en un trabajo que le proporcionó contacto con la realeza y toda la corte que veraneaba en Santander.


A los 18 años, se enamoró de un joven de Maliaño, de buena familia y con mucha inquietud por cruzar el océano atlántico para hacer fortuna en América. Ella nunca estuvo muy animada por hacer un viaje tan largo. Le gustaba su vida tal y como era y no tenía muchas inquietudes aventureras.


Durante la primera parte del siglo XX muchas personas, sobre todo del norte de España (País Vasco, Asturias, Galicia y Cantabria), decidieron marcharse a países como Brasil, México o Argentina, lo que se denominó “hacer las Américas “, para intentar hacer fortuna. Algunos lo consiguieron y regresaron ricos, se construyeron enormes casas que todavía hoy podemos ver en muchos lugares de nuestra comunidad autónoma y se dedicaron a hacer obras benéficas. Pero otros no tuvieron tanta suerte y no regresaron nunca.


En estas dudas estaba mi bisabuela, si dejarse convencer para emprender un viaje muy largo y romper con todo lo que había conocido hasta ahora o no hacerlo.



Entonces ocurrió algo que trastocó algunos planes. Se quedó embarazada con 19 años y, aunque Francisco (así se llamaba su novio) quiso casarse, ella se negó y decidió criar a su hijo sola. Francisco, despechado, decidió hacer realidad su sueño de marcharse a México con la promesa de volver y conseguir que Leonor se casara con él. Pero eso no ocurrió, pues él murió en México unos años más tarde.  

domingo, 5 de noviembre de 2017

LEONOR CAPÍTULO 1

LEONOR


CAPÍTULO I


Leonor García Ruiz era mi bisabuela materna. Nació el 22 de julio de 1907 en Vargas, un pueblo de la entonces provincia de Santander. A lo largo de su vida podemos hacer un recorrido por la historia de nuestro país durante el siglo XX.
En Vargas nació y vivió sus primeros años de vida en casa de su abuela materna, junto a sus padres y sus dos hermanos pequeños, Ángeles y Servando.
Sus primeros años de vida transcurrieron en las duras condiciones de un ambiente rural. Tenían ganado y cultivaban la tierra. Las condiciones de vida no eran las mejores para el desarrollo de la familia. La falta de medios obligaba a realizar todas las tareas sin la maquinaria actual. Eso, unido a la falta de los elementos más básicos- electricidad, agua corriente, etc.- hacía aún más duras las condiciones de vida.
La escolaridad de los más pequeños era muy deficiente en esa década del siglo XX. Los niños estaban obligados a trabajar en las labores del campo y ayudar en casa desde muy pequeños, lo que ahondaba en la falta de oportunidades y la incultura.
Por esto, un día la familia decidió dejar atrás lo poco que tenía y emigrar como otros muchos en esa época, en busca de oportunidades y un futuro mejor para sus hijos.
Cuando mi bisabuela Leonor tenía 7 años, la familia se vino a vivir al pueblo de Monte. Ahora es un barrio de la ciudad de Santander, pero entonces era un pueblo de las afueras- pues su padre empezó a trabajar en una empresa en Maliaño.
En el año 1918 su vida dio un brusco cambio. Acababa de nacer su hermana pequeña y su madre y el bebé enfermaron de gripe. Se contagiaron de la denominada “gripe española”.
La “gripe española” (también conocida como la gran pandemia de gripe, la epidemia de gripe de 1918 o la gran gripe) fue una pandemia de gripe de inusitada gravedad. A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables, y animales, entre ellos perros y gatos. Es considerada la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas. Esta cifra de muertos incluye una alta mortalidad infantil y se considera uno de los ejemplos de crisis de mortalidad.
En Estados Unidos la enfermedad se observó por primera vez en Fort Riley, el 4 de marzo de 1918. Un investigador asegura que la enfermedad apareció en el Condado de Haskell, en abril de 1918. Y, en algún momento del verano de ese mismo año, este virus sufrió una mutación que lo transformó en un agente infeccioso letal; el primer caso confirmado de la mutación se dio el 22 de agosto de 1918 en Brest, el puerto francés por el que entraban la mitad de las tropas estadounidense aliadas en la Primera Guerra Mundial. Fue llamada gripe española porque la pandemia recibió una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que España no se vio involucrada en la guerra y por tanto no censuró la información sobre la enfermedad.
Después de unos días en los cuales nadie tenía un tratamiento que fuera efectivo contra la enfermedad, pues no había suficientes conocimientos para combatirla, la recién nacida murió. Su madre falleció tres días más tarde.
Fin de las ilusiones. La familia estaba rota. Aunque el padre de Leonor había encontrado un empleo y había mejorado las condiciones de la familia, ahora se encontraba solo, con tres hijos pequeños a su cuidado.
Obligado por las circunstancias, tomó una decisión drástica. Sus dos hijos pequeños volvieron a Vargas con su abuela y Leonor se fue a vivir con su tía Ángela, hermana mayor de su madre, que vivía en Santander. El padre de Leonor siguió desarrollando su trabajo en la fábrica gracias a que el cuidado de sus tres hijos estaba cubierto por familiares. Con los años prosperó y formó una nueva familia, pero siempre mantuvo el contacto con sus hijos, fruto de su primer matrimonio.
La tía Ángela tenía una posición desahogada. Vivía en una casa con huerto y finca en la Calle del Monte de Santander. Su marido era médico y pertenecía a una ilustre familia de Santander que, harto de su acomodada vida, decidió unos años atrás retirarse a la finca de su familia en la calle del Monte, entonces a las afueras de Santander, para criar a sus hijas y dedicarse al cultivo de flores y frutas, pero manteniendo en la finca las tertulias políticas y sociales en contacto con intelectuales, lo cual le valió el sobrenombre del “Rousseau de la calle del Monte”, gracias a un artículo de prensa escrito por el poeta y periodista santanderino José del Río Sainz  conocido popularmente como PICK.
Todo esto pudo influir en la forma de ver la vida de Leonor. El resto de su infancia transcurrió ya sin sobresaltos y completó sus estudios básicos totalmente integrada en su nueva familia.